jueves, 25 de noviembre de 2010

1. La piedra de río

Claro que el amor puede sentirse intensamente a los trece años. Juliana, en aquel instante, lo sintió como una piedra grande de río que caía sin compasión sobre su pecho. Sintió cómo su corazón se aplastaba y la dejaba sin respiración. Y justo cuando ya no podía, el aire volvió a llenar sus pulmones haciéndola llorar.

Quiso destrozar esa frase que su madre le dijo cuando la vio en tal estado: “Estás muy pequeña para sufrir por amor”. Así que dejó fluir sus lágrimas, dejó que los mocos le taparan la nariz y comenzó a permitir que el dolor de cabeza la adormeciera. También quiso destruir todo lo que tuviera que ver con Octavio, vio de reojo la bolsa de regalo que le había dado hace unos meses, imaginó que la destruía y quiso levantarse para romperla, pero el recuerdo le invadió la memoria y se quedó ahí, llorando sin remedio, recostada en la cama.

Aún en la mañana todo iba muy bien. Se había levantado de buen grado y hasta se puso los prendedores nuevos que su mamá le había comprado. Se sentía feliz, porque unos minutos más tarde vería a Octavio. Salió hacia la escuela, caminó disfrutando del aire matutino e hizo su clásica carrera a la puerta de entrada justo antes de que el conserje la cerrara. Y es entonces cuando todo comenzó a tornarse extraño.

—¿Y Octavio? —preguntó a Joan quien la estaba esperando, le parecía sumamente raro que su novio no estuviera, generalmente la iba a encontrar todos los días a la entrada para caminar juntos al salón.

—No sé, me dijo que viniera por ti.

—Pero entonces ¿ya está aquí?

—Sí —fue la respuesta de su amigo.

Ambos caminaron sin decir nada. Pero unos cuantos pasos antes de entrar al salón Joan se detuvo y también la detuvo a ella.

—¿Ocurre algo? —preguntó Juliana sorprendida por el movimiento que Joan había hecho.

—Tengo que decirte algo.

—¿Qué?

—Octavio… Octavio… ya no… este…

—¿Qué? —Juliana había notado el nerviosismo inusual de Joan, el chico ni siquiera la miraba, tenía los ojos puestos en el suelo.

—Octavio no te merece, Juliana —fue la respuesta inesperada.

—¿Qué? ¿Por qué lo dices?

—Soy tu amigo, confía en mí, por favor, y termina con él.

—No voy a terminar con él. —soltó Juliana sin siquiera haber reflexionado, la sola presencia de la palabra “terminar” había provocado en ella una especie de miedo irracional.

Dejó a Joan y se apresuró a entrar al salón. Ahí estaba Octavio. El simple hecho de verlo le llenaba el día entero. Se acercó a él y colocando su mano sobre la mano del chico le preguntó:

—¿Por qué no fuiste por mí a la entrada?

—Bueno… Joan me dijo que tenía que decirte algo importante, así que dejé que fuera él.

—Pues no lo hubieras dejado, me dijo cosas feas.

—¿Qué cosas?

—Me pidió que terminara contigo.

—¿Qué? —Octavio se puso visiblemente nervioso. —¿Cómo pudo decirte eso? Enseguida voy a arreglarlo.

—No… Octavio, no es para tanto…

Pero el chico no oyó réplica alguna, se levantó de su lugar y fue con Joan.

—¿Quién te crees para decirle a Juliana que me deje?

Joan no respondió.

—¿No me estás oyendo? —Octavio empujó a su amigo con las manos y el chico a modo de respuesta le propinó un golpe en el rostro.

Inmediatamente los dos chicos se agarraron a golpes. Juliana trató de detenerlos. Pero a la pelea tuvieron que intervenir Ronaldo y Fabiano para que cesara antes de que el profesor llegara. A las siete diez, hora en que llegó el maestro, las cosas ya se habían calmado.

—Ya no le hables. —fue lo único que Octavio dijo cuando Juliana le preguntó por qué motivo Joan había dicho esas cosas.

Una curiosidad tormentosa se había anidado en la chica y, no conforme con la respuesta de su novio, a la hora del receso fue a buscar a su amigo.

—¿Por qué me dijiste esas cosas hace rato?

—Te dije la verdad, me preocupas y no me parece justo que Octavio esté jugando contigo de esa manera.

—Octavio no juega conmigo, él me quiere.

—Pero no eres la única a quien quiere.

—¿De qué estás hablando? —Juliana comenzó a sentir que estaba punto de presenciar uno de los hechos más dolorosos de su corta vida. Una incertidumbre horrorosa comenzó a subirle por el cuerpo y poco a poco sintió cómo se convertía en miedo y en tristeza.

—Octavio conoció a otra niña al inicio del curso, de hecho tú se la presentaste y… aunque al principio sólo fueron buenos amigos… ahora creo que ya no.

—¿Ya no son buenos amigos?

—Son más que buenos amigos.

—¿Y quién es? —la pregunta cuya respuesta Juliana realmente no quería oír.

—Diana, tu prima.

—Mientes.

—Compruébalo tú misma, se quedan de ver todos los días atrás de la escuela.

Y así fue como Juliana tratando de desmentir las palabras de su amigo esperó impaciente la hora de la salida. Quiso convencer a Octavio que la acompañara a su casa, pero el chico, con esa sonrisa en el rostro y aquellas palabras amables que lo caracterizaban declinó la invitación porque tenía algo de prisa. Así que Juliana dejó que se fuera. Pero comenzó a seguirlo.

Sólo para descubrir que su novio no se dirigía a la parada de autobuses, sino a la calle que estaba detrás de la escuela. Vio claramente cómo su prima también tomaba el mismo rumbo y se reunía con él. Los seguía como a unos diez metros de distancia, pero desde ahí pudo observar muy bien cómo ambos se tomaron de la mano y luego de un rato se unieron en un largo beso. Juliana entonces no pudo amortiguar la caída precipitada de la piedra de río.