martes, 3 de agosto de 2010

Melodía

Octavio soplaba a su taza de café cuando la puerta del local se abrió estrepitosamente, entró un chico, traía su suéter sobre la cabeza usándolo como paraguas, la lluvia caía tupidamente en el exterior. Una vez dentro el chico exprimió la prenda sobre una de las macetas, ya nadie lo miraba, excepto Octavio. Pronto sus miradas se encontraron y ambos sonrieron. El sujeto se dirigió a la mesa donde estaba su amigo, se sentó.

—Parece que esta lluvia no moja, pero mira cómo he quedado. —inició Samuel mostrando a Octavio lo húmedos que estaban sus zapatos y sus pantalones.

—Pensé que te ibas a venir en tu auto. —dijo Octavio invitando a sentarse a su amigo, el chico se sentó y pidió un café.

—Y lo hice, pero algunas coladeras están tapadas y con esta lluvia imagínate cómo está, lo dejé dos cuadras atrás.

Octavio sonrió y bebió de la taza de café, estaban sentados a un lado de la ventana, veía cómo la lluvia se hacía más espesa y violenta, se sentía afortunado de estar protegido por lo caluroso del lugar.

—Bien, ¿trajiste eso? —preguntó entonces a Samuel. Éste lo miró risueñamente y sacó un folder de su camisa.

—Mira cómo te pones… hasta das ternurita. —se burló Samuel agarrando una de las mejillas de Octavio y apretándola como sólo las tías y las abuelas lo hacen.

—Cálmate. —advirtió Octavio quitando la mano de Samuel y tomando enseguida el folder. —¿Conseguiste todo?

—Todo, hoy en la mañana le hablé a Xavier y me dio todo sin cuestionar, creo que andaba… ejem… ocupado…

Octavio no advirtió el tono de malicia con que su amigo se había expresado. Estaba leyendo la hoja que estaba frente a él, ahí estaban los teléfonos de Juliana, sus horarios y la dirección en Coyoacán.

—Perdón, ¿decías algo? —dijo entonces a Samuel cuando terminó de revisar.

—Nada. —respondió el chico dándose cuenta de que tal vez no era buena idea hacer referencia a eso.

—Bien, entonces pronto podré ejecutar el siguiente paso de mi plan. —resolvió Octavio con el rostro iluminado y tomó la taza de café dirigiéndola a su boca.

—Suenas a Cerebro tratando de conquistar al mundo. —se burló Samuel.

Octavio sonrió. Ambos chicos terminaron de beber su café y luego, aún sin que dejara de llover, salieron hacia los laboratorios. Corrieron con hules sobre sus cabezas, se los habían regalado en la cafetería, pero aún así llegaron algo empapados a los salones.

Samuel entró a uno de los cubículos y Octavio lo esperó afuera, resguardado bajo el techo de un pasillo, se sentó en una de las banquetas mientras disfrutaba el sonido de la lluvia, de nuevo volvió a sentirse familiarizado con el ambiente…

…creía que la lluvia era algo genial y que era aún más genial si…

Juliana apareció detrás del Octavio de doce años. Su voz suave y clara acompañó el sonido de la lluvia:

—¿Octavio? ¿Qué haces aquí?

—Vine a verte. —contestó el niño con una sonrisa.

Juliana sonrió y él le dio un abrazo. Después de todo había valido la pena ir a casa de Ana y preguntarle sobre la hora de la clase de piano, ya tenía entre sus brazos a Juliana. Ambos veían caer la lluvia, estaban debajo del portal de la Casa de Cultura.

—Tengo que entrar. —dijo Juliana viendo cómo su profesor entraba al aula, se separó de Octavio.

—¿Puedo acompañarte?

—Claro.

Sin tomarse de la mano los chicos entraron al aula. Era un salón amplio que lucía gris, cuando no llovía los rayos del sol iluminaban por completo el lugar, haciéndolo parecer más apacible. En el centro estaba un piano de cola…

…lucía realmente elegante, negro, alrededor no había nada más, sólo en el fondo estaban las sillas para los espectadores, pero en el centro todo el escenario le pertenecía a quien tocaba el piano…

—Siéntate ahí. —pidió Juliana a Xavier.

El chico tomó asiento en una de las sillas, nadie más había en aquella aula, la lluvia golpeteaba tenuemente los cristales de las ventanas, el sitio lucía ciertamente melancólico, Xavier vio entonces que todo el ambiente combinaba con la tristeza de Juliana, una tristeza que no podía descifrar y que lo frustraba por completo.

—¿Qué pieza quieres que interprete? —interrumpió Juliana dejando sonar su voz en lo amplio del aula.

—No sé amor, sabes que no conozco música clásica. —dijo Xavier sintiéndose un tanto ignorante.

—Entonces tocaré La dispute.

Juliana abrió el piano de cola, se sentó como toda una profesional en el banco y dejó que sus dedos cayeran en el teclado. Ella sentía como las yemas de sus dedos se deslizaban con cierta nostalgia sobre las teclas, era como si todo fuese un reconocimiento, teclas y dedos volvían a saludarse, a mezclarse, a ser uno…

…comenzó a oírse una melodía suave y solitaria, las notas viajaban en el ambiente y retumbaban en las paredes y en los cristales. De un lado las gotas repiqueteaban en las ventanas, del otro eran acariciadas por la melodía que emanaba del piano. Esa pieza musical hacía que se estremeciera todo, era un canto, un canto que removía algo en el interior, las notas daban en el punto exacto en donde los sucesos dolían, provocaban ganas de llorar…

Octavio se llevó una mano al pecho, siendo un niño de doce años no entendía eso que provocaba la pieza interpretada por Juliana, pero notaba cómo algo en su pecho se despertaba. Veía atento a Juliana, sin despegarle la vista, notaba con claridad cómo sus dedos pasaban por las teclas, tenuemente, casi amorosamente. Se fijó en el rostro de la niña, lucía perdida, como mezclada con la melodía, sus ojos parecían percibir las notas en el ambiente…

…a veces cerraba los ojos, contagiada por la melodía, si la pieza se comenzaba a tornar un poco violenta, ella manifestaba en su rostro el dolor que causaban las notas fuertes a las suaves, luego todo volvía a la calma, la melodía volvía a ser blanda y los gestos de Juliana se dulcificaban también…

Xavier sintió miedo. Veía a Juliana tan conectada con la melodía que se dio cuenta que nunca en toda su vida la había visto de esa manera. Lucía tan triste, el día era tan triste y la melodía emanada no se salvaba tampoco de la tristeza que Xavier comenzó a sentir cómo la soledad lo invadía y le sacaba la tristeza del pecho. Pero primero tenía miedo. Miedo porque sabía que Juliana recordaba esa pieza tocada años atrás, y en esos años él aún no existía, miedo porque no quería perderla, quería que siempre estuviera con él, para apreciar su figura recortada en esa aula tan gris y fría… que se volvía cálida con el movimiento de Juliana sobre las teclas… notó cómo las ganas de llorar le subían por la garganta…

…sólo que él no era ningún llorón, apretó fuerte los puños y desvió la mirada nuevamente hacia la ventana, las gotas parecían acomodarse a la tonada del piano, ya no era tupida la lluvia y ahora se esparcía con un aire húmedo y suave, las notas del piano también cesaban, la melodía iba callando poco a poco, volvía a oírse la lluvia, pero esta vez tan escasa que sonaba como el final perfecto para la melodía interpretada…

Octavio se levantó súbitamente cuando la melodía cesó. Juliana le sonrió y se acercó a él, éste le dio un abrazo. Luego el profesor llamó a Juliana y él volvió a sentarse en la silla del salón, estaba completamente enamorado.

—¿No piensas entrar? —preguntó la voz grave de Samuel sacando como con un gancho de aquellos pensamientos a Octavio que lucía afectado. Él se levantó lentamente y cuando pasó la mano por su rostro se percató de que algunas lágrimas habían escapado…

1 comentarios:

alexa dijo...

hey estuvo muy interesante!!!! sigue ecribiendo asi de bien!!!
me gusto muchisimo tu blog!!

http://alexahallywell.blogspot.com/