viernes, 2 de julio de 2010

Pared

Domingo. El sol que entró por la ventana despertó sutilmente a Juliana. Abrió los ojos. Por un momento pensó que todavía estaba en París, el techo blanco e iluminado le recordó por completo el panorama francés que había visto todas las mañanas. Sonrió. Una vez que se sintió segura de que estaba ya en México se levantó con cierta pereza. Le gustaba estar en su país. Tuvo ganas de llorar… no porque fuera realmente una patriota, sino porque descubrió que no había nada tan gratificante como sentirse en casa.

Lo primero que hizo al ponerse de pie fue mirarse en el espejo, quería ver si en su rostro aún se notaban esas expresiones que, según la gente, la hacían parecer una niña. Ahí estaba ella, igual que siempre, de mirada risueña y labios que buscaban otros labios. Extrañó a Xavier. Pienso, se dijo, en todo mi pasado y en esto que me convierto al pasar los minutos… Le sonrió a su imagen y luego se fue a bañar.

Lo primero que hizo una vez que se sintió fresca y con ganas fue escombrar su habitación. Estaba exactamente igual como la había dejado antes de irse a vivir a Coyoacán, nadie movía nada desde hacía tres años. Miró a su alrededor e inevitablemente su mirada se detuvo en una de las paredes. Era una pared amplia, no tenía ventana y estaba tapizada en su totalidad por poesías, pósters y fotografías. Había más de cien tazos pegados alrededor que formaban un marco y dentro de él estaban ciertas cosas que la hacían remontarse a esos días en que se dedicaba sólo a darle simetría y coherencia a la pared.

Vio sus pósters de anime y las propagandas anti-gobierno que le dio por repartir en su época preparatoriana, un escalofrío le recorrió el cuerpo. Vio también los anuncios de presentaciones de poesía en las que ella participaba y le entraron las ganas de llorar. Entonces llegó a una poesía. Una poesía que escribió para Octavio cuando tenía trece años. Fue hecha en octosílabos, la leyó en voz baja y descubrió que era, en verdad, un logro literario. Luego vio otros escritos, todos para Octavio, ninguno para Xavier, y es que… cuando la pared terminó de ser tapizada Xavier aún no existía…

¿Cómo pude?, pensó, ¿Cómo me atreví a poner en esta pared una mezcla de toda mi vida? Veo que me gusta sufrir… Entonces, sin pensarlo mucho, comenzó a despegar todo. Los pósters de anime fueron a dar al suelo junto con los tazos, las poesías también llegaron al piso con todas las letras amontonadas. Las fotografías de la secundaria donde Octavio había sido borrado con el lapicero se anidaron en el rincón. La pared, luego de media hora, quedó vacía.

Fue por mi madre, murmuraba, ella me dijo que era de locos tener una habitación plagada de papeles, que mejor escogiera una sola pared de las cuatro y ahí pegara todo, que las demás las dejara libres para que, cuando me doliera la cabeza, pudiera despejarme mirando lo vacías que eran, sólo me pregunto… ¿las vacías eran ellas o era yo?

Juntó todo lo que estaba en el suelo. Pósters, fotografías, poesías y lo guardó todo en el gran baúl. El baúl. Sintió otra especie de escalofrío al abrirlo, porque lo primero que apareció fueron las fotografías que se había tomado con Xavier antes de que su decisión de irse a Francia tomara fuerza. Se miró un momento plasmada en las fotografías, lucía tan radiante, tan contenta, como si hubiera sido verdad que el pasado era eso, p a s a d o.

Tal vez realmente lo es, sólo que me afano en hacer de mi vida algo más que una costumbre… murmuró para sí. Y entonces se dedicó a escombrar el baúl. A poner en orden los más de veinte Diarios que había juntado a lo largo de su vida. Las fotografías, los regalos, los pósters y las cartas de gente que se había molestado en escribirle fueron pulcramente acomodados. Juliana sintió que, al hacer eso, acomodaba su propia vida. Y tenía que hacerlo. Porque ya estaba decidida a dar un nuevo paso y olvidar todo por completo.

Casi terminaba cuando tocaron a su habitación.

—¿Quién?

—Yo. —respondió la voz inconfundible de Xavier.

—Pasa. —pidió Juliana mientras cerraba el baúl con llave.

Xavier entró.

—¿Qué le pasó a tu pared? —fue lo primero que dijo.

—Le quité todo lo que tenía, quiero pegar algunas cosas que traje de París y otras que compré en el aeropuerto ¿me ayudas?

—¿En el aeropuerto?

—Sí… es que vendían cosas bonitas de México y las compré…

Xavier sonrió y se dispuso a ayudarle. Juliana entonces abrió la maleta grande y sacó un atado de rollos de papel que en realidad eran fotografías y pósters. Ambos se dedicaron a rellenar la pared con esos nuevos carteles que daban a entender que quien dormía en esa habitación no era ya una niña enamoradiza y poética, sino alguien que estaba completamente decidida a afrontar una nueva vida…

—¿No me pondrás en esta pared? Vi que antes tenías fotos de la secundaria, ¿por qué no pones ahora una foto de mí?… —dijo Xavier.

—Tal vez te ponga. —fue la respuesta distante de Juliana.

—¿Tal vez? —cuestionó Xavier acercándose a ella.

—Sí… tal vez… —retó Juliana.

Xavier le robó un beso. Juliana lo correspondió.

Pienso, se dijo Juliana en sus adentros, en todo mi pasado y en lo que me convierto al besar a Xavier

¿Será posible, Juliana?, pensaba a su vez Xavier, ¿será posible que aún quieras a Octavio? Porque si es así… ¿por qué me besas de esta manera?

Poco a poco las ideas fueron abandonando sus cabezas. Sólo sentían cómo los labios del otro acariciaban sus propios labios. Xavier atrajo a Juliana y ella se dejó atraer. Estaban demasiado juntos. Él colocó una mano en la nuca de ella y la otra en su cintura. Ella lo abrazó con fuerza, sin dejar de besarse. Lentamente pudieron sentir cómo el deseo iba apoderándose de ellos y no hicieron nada por frenarlo…

Las manos de Xavier descendieron a la espalda baja de ella. Y ella comenzó a revolver los cabellos de Xavier. Entonces él la levantó y la recostó con dulzura en la cama que aún tenía todas las cobijas revueltas porque Juliana no la había hecho al levantarse. Las manos de Xavier se deslizaron debajo de la blusa de Juliana, ella pudo sentir el contacto de los dedos de su novio con la piel suave y tersa de su vientre, todo el resto de su cuerpo sufrió una descarga eléctrica.

Los dos temblaban, más que de nervios, de emoción. Xavier ya no besaba los labios de Juliana, ahora besaba su cuello. Y ella se había concentrado en recorrer con sus manos la espalda ancha y fuerte de él.

—Te amo. —susurró Xavier mientras sentía dentro de él una explosión inexplicable.

—Yo también te amo. —respondió Juliana volviendo a buscar los labios de Xavier.

Parecía que nada podría detenerlos y ambos tenían la cabeza en otro lado que, cuando sonó el celular de Xavier, los dos se sobresaltaron casi de muerte.

—Contesta. —pidió Juliana reparando en lo que estaban haciendo.

—No quiero. —dijo él buscando una vez más los labios de ella.

—Hazlo. —insistió ella dando un beso rápido a Xavier. Él se levantó y tomó el aparato.

—¿Sí? ¿Qué pasa Samuel? —contestó Xavier con cierta molestia. —¿Para qué quieres el teléfono de Juliana?... Ah ya… pues ve a mi casa, en mi habitación tengo una agenda, ahí encontrarás lo que me pides… sí… ya no llames por favor.

—¿Qué pasó? —preguntó Juliana cuando Xavier colgó el celular.

—Era Samuel… quería que le diera tu teléfono para agregarlo a los teléfonos de la empresa en donde trabaja… dijo algo de que sería bueno contar con filólogos o algo así…

—¿Y se lo diste? —interrogó Juliana un tanto extrañada.

—Pues sí… es mi amigo… —respondió Xavier besando cálidamente a su novia. Ella accedió al beso. Luego se puso de pie y continuó pegando los carteles en la pared dejando a Xavier sumido en una inexplicable tristeza.

1 comentarios:

José Miguel Ángeles de León dijo...

Recuerdos de una nostalgia de juventud, melancolía anti sistemática. Reflejo de la pequeña burgesía.