martes, 11 de mayo de 2010

Leer

Uno vive su vida tratando de olvidar cosas del pasado. Cuando uno se piensa a sí mismo viviendo esas situaciones suele decirse cosas como ¿Por qué fui tan tonto?, ¿Por qué no hice esto?, ¿Por qué no hice lo otro?... Las máquinas del tiempo no existen, aunque siempre se vuelva el deseo más ferviente en nuestros cumpleaños… poder regresar el tiempo, poder volver a vivir todo… y no cometer los mismos errores o aciertos…

Esa mañana Octavio se despertó con la misma pesadez de siempre, su vida se había vuelto una línea recta, sin bajadas ni subidas. Seguía en la misma escuela, con las mismas personas, haciendo las mismas cosas, no tenía ya nada de lo qué sentirse orgulloso, así como tampoco tenía nada que lo hiciera sentir tan mal… Bueno, sí, tal vez tenía todavía algo por qué sentirse desdichado.

Caminó descalzo por su habitación buscando sus converse, se topó con el espejo y vio su rostro ojeroso y lleno de lagañas; sin encontrar los tenis fue a bañarse. Cuando regresó se percató del desorden de su habitación, no sabía por qué, pero le dieron ganas de escombrarlo. Aún faltaba una hora para ir a la escuela. Mientras recogía la ropa sucia y los cuadernos tirados en el suelo, pensaba: ¿Qué dirá mi madre si me ve escombrando la habitación? Seguro me gritará ¡Vaya, por fin has madurado! Esa idea lo hizo sonreír.

Una vez que terminó de arreglar la habitación su celular sonó, era Eliza.

Amor, ¿vas a venir por mí? —preguntó la chica desde el otro lado del aparato.

—Pensé que te ibas a ir sola. —respondió Octavio recostándose en su cama.

Es que no tengo ánimos de conducir, ¿tú ya estás listo? —insistió Eliza con voz melosa.

—No, me despertó tu llamada. —mintió Octavio.

Ashh bueno, haré mi pequeño esfuerzo. —y colgó.

Octavio soltó el celular, se quedó recostado mirando el techo. No entendía por qué no terminaba de una vez por todas con Eliza, simplemente ya no sentía nada por ella, pero era Eliza, la bonita, la que lo volvió a aceptar, simplemente ya no se sentía atraído hacia ella. Quizás eran las actitudes que Eliza se cargaba, siempre tan vanidosa y hueca. Al pensar en eso casi por inercia tomó un libro…

Él no era de los que leían, pero la palabra hueca en su cabeza lo hizo sentirse mal, no quería ya ser un hueco. Conforme empezó a leer, sus pensamientos lo obligaron a recordar cosas del pasado, iba en la décima página cuando no pudo más con la extraña sensación de su pecho y buscó debajo de la cama. Sacó una caja. Era la caja de sus converse. Dentro había cartas, fotos y un disco. Puso una de las cartas como separador en el libro y tomó el disco para ponerlo en su grabadora. Rock japonés inundó la habitación. Continuó leyendo.

Pronto su mamá tocó a la puerta, dijo que ya era hora del desayuno, Octavio gritó un ya voy y continuó leyendo. El libro se llamaba El misterio del solitario de Jostein Gaarder, se lo habían recomendado alguna vez, lo había comprado la semana pasada con su primer salario. Ya se había prometido eso, leer, leer de verdad, porque si leía podría comprender a aquella persona que tantos secretos había tenido en su personalidad. Entonces llegó a una frase, una que decía “…el destino no se puede interponer en algo que realmente quieres hacer…”

La frase lo dejó pensando, su madre tocó la puerta por segunda vez, él dejó súbitamente el libro. Apagó el radio y se quedó un minuto inmóvil. Iba a salir, pero decidió ver de nuevo esa caja debajo de su cama. La abrió, buscó entre las cartas, encontró un papel que decía Número de Juliana, lo tomó y salió de la habitación.

La mesa ya estaba servida, pero aún así, antes de sentarse fue hacia el teléfono, entonces el corazón comenzó a latirle fuerte… Vamos, no seas cobarde, ¿ya tienes 20 años y sigues con estas cosas de niños?, marca, habla y luego sé tú

—¡Octavio! ¿Qué no vas a desayunar? —dijo su madre con voz molesta. —¡Se está enfriando!

—Vooooooooy.

Diiiiing.

Diiiiing.

Diiiiiing.

—¿Bueno? —se escuchó la voz de una señora.

—Buenos días, ¿se encontrará Juliana? —preguntó casi sin voz.

—¿Juliana? ¿Quién le habla?

—Un viejo amigo.

—Híjole, no sé si sabrás, pero todavía no regresa de su viaje al extranjero.

—Oh ya… ¿sabe la fecha en que regresa?

—No, todavía no se ha comunicado con nosotros para decirnos, pero puedes decirme tu nombre y cuando llame le puedo decir que marcaste.

—No, no se preocupe, yo la busco después.

Octavio colgó. Una pesadez enorme se abatió sobre su pecho. Ya sabías, ya sabías que ella no estaba en México, ella misma te lo dijo, ¿por qué no le quisiste creer? ¿Acaso piensas que es como tú? Ella sí cumple lo que promete…

—¿Vas a comer o no? —preguntó la madre.

Octavio sacudió la cabeza tratando de olvidar lo que había hecho y se sentó a desayunar. Minutos después tocaron la puerta. Era Samuel, su amigo de la universidad.

—¿Quieres desayunar Sami? —preguntó la madre de Octavio con tono dulce.

—No, muchas gracias señora, sólo vine por Octa porque ya es un poco tarde.

Octavio terminó de desayunar lo más rápido que pudo. Regresó a su habitación, devolvió la hoja del número de Juliana a la caja, guardó la caja debajo de la cama y tomó el libro. Minutos después se encontraba en el auto de Samuel.

—¿Volviste a enojarte con Eliza? —preguntó Samuel saliendo a la carretera.

—No, ¿por qué?

—Me llamó hace rato, quería que pasara por ella.

—Ahh, no, no sé qué le pasa. —se apresuró a responder Octavio. Luego intentó comenzar a leer.

—¿Qué rayos haces? —preguntó Samuel con una sonrisa incrédula.

—¿No se nota? Estoy leyendo. —dijo Octavio sin despegar la mirada del libro.

—Sí… pero ¿tú lees? ¿Desde cuándo? —agregó Samuel sin dejar de sonar incrédulo.

—Desde que me dieron mi primer sueldo, ya voy a comprar libros Samuel, no sé si tú lo sepas pero leer te abre la cabeza a nuevas perspectivas. —dijo Octavio y continuó leyendo.

Samuel no dijo nada más, pero no dejó de verlo raro el resto del camino. Pronto llegaron a la universidad. Ambos estaban estudiando medicina. Apenas iban en segundo año, se habían retrasado por cuestiones de la vida. Antes de bajar Samuel le dio un flayer a Octavio.

—¿Qué es esto? —preguntó Octavio mirando la tarjeta, decía algo de bebidas gratis.

—Un amigo le va a hacer una fiesta sorpresa a su novia. —dijo Samuel acomodando sus cosas para bajar del auto.

—¿Y eso a mí qué? Yo no quiero ir de colado.

—No seas tarado —se burló Samuel bajando del auto. —Yo te estoy invitando, se va a poner muy bueno, créeme, además quien quita y conoces a alguien.

—Pero ¿para qué quiero conocer a alguien? Tengo a Eliza… —dijo Octavio a media voz.

—Ajá, esa ni tú te la crees, ¡ya hasta estás leyendo! Piénsalo, luego nos vemos.

Y Samuel se alejó. Octavio iba a mirar una vez más el flayer, pero el reloj se le cruzó a la vista. Era increíblemente tarde. Hizo bolita la tarjeta y metiéndola a su mochila corrió para llegar a su clase.