martes, 24 de agosto de 2010

Idiota

Octavio llevaba una bolsa de hule negro debajo del brazo, a nadie le importaba qué podía contener, además Octavio pasaba desapercibido para el resto de la humanidad, era un niño de trece años que no sabía nada de la vida… sólo sabía algo, él estaba profundamente enamorado de Juliana. Sí, de esa niña que estaba asomando la cabeza por una de las ventanas del salón, cuando Octavio la vio su corazón comenzó a latir más fuerte y presionó con ternura la bolsa que sostenía.

La chica corrió a su encuentro, el cabello lacio y suelto provocaba tal efecto en su persona que Octavio sintió que no podía ser más afortunado.

—¡No fuiste a mi fiesta de cumpleaños! —le reclamó la niña una vez que estuvo cerca de él.

—Lo siento, es que de verdad no pude. —se disculpó Octavio.

—Pero es que de verdad quería que fueras…

—Y de verdad también quería ir… pero no pude…

Juliana dibujo una mueca de tristeza en el rostro y eso ocasionó que Octavio sonriera con ternura, tomó la mano de la chica y caminaron de regreso al salón. Todos los compañeros los observaban, Octavio sentía especial atención de Fabiano, Ronaldo y de Joan. Ya sabía que los dos primeros lo odiaban a muerte, uno porque quería con Juliana, el otro porque era el primo sobreprotector, pero ¿sería posible que su amigo también estuviera interesado en Juliana? Sacó la idea inmediatamente de su cabeza y fue a sentarse con Juliana al rincón del salón.

—¿Cómo te fue el fin de semana? —preguntó Octavio dejando su mochila al lado de la butaca.

—Bien… aunque sí me puse muy triste porque no fuiste a mi fiesta de cumpleaños…

—Perdóname. —Octavio abrazó a Juliana y ésta lo correspondió. —Feliz cumpleaños, me haces muy feliz y te mereces todos los regalos del mundo…

—No hay mejor regalo que este abrazo. —confesó Juliana con la piel subida de tono.

Estaban aún abrazados cuando Ronaldo se acercó a ellos.

—Juliana… ¿puedes dejarnos solos? Necesito hablar con tu noviecito…

La chica miró con preocupación a su primo, sin decir de nada se alejó de ellos, Octavio se sentó en su butaca y Ronaldo se paró frente a él:

—Deja de lastimar a mi prima, ¿sí?

—¿De qué hablas? —Octavio sabía que Ronaldo no lo quería, pero no imaginaba que fuera tanto su rencor, ¿por qué le decía esas cosas? Él sabía perfectamente que Juliana era la niña más feliz si estaba a su lado.

—Hablo de que la dejes por la paz, ella no merece que la lastime un tipo como tú.

—No entiendo nada de lo que estás hablando. —Octavio comenzaba a preocuparse, ¿qué rayos le sucedía a Ronaldo?

—No te hagas el que no sabe nada, ¿piensas que nadie se enteró de lo que hiciste?

—¡Yo no hice nada! —Octavio se puso de pie, si era necesario proporcionaría un golpe a Ronaldo por levantarle falsos de esa manera, estaba a punto a decidirse a golpear cuando Joan intervino.

—Déjalo Octa… tú y yo tenemos que hablar…

Joan tomó del brazo a Octavio y salieron del salón. Ronaldo los siguió con la mirada llena de rencor. Una vez afuera Octavio se deshizo de su amigo y le reclamó con voz molesta:

—¿Qué les dijiste? ¿Por qué todos me miran de esa manera?

—No lo saben todos, relájate… —comenzó Joan.

—¿Cómo que me relaje? Al parecer todos aquí saben algo que yo no… ¿quieres explicarme qué sucede?

—¡Ya sabes Octavio! ¿Por qué lo niegas? Yo también estoy molesto contigo. —Joan pateó una lata que estaba en el piso, su amigo se sorprendió por tal respuesta, cayó anonadado en una de las jardineras y se llevó las manos a la cabeza.

—No es posible… —comenzó a murmurar. —Juliana se va a enterar… me va a dejar…

—Eres un idiota.

—Sí… ya lo sé… ¿qué hago Joan? Tienes que ayudarme… amo a Juliana, no quiero que me deje…

—Tú sabes lo que hiciste, ¿crees que Juliana se merece eso?

—Me siento de la patada.

—Pues ni modos, por el momento trata de ser cauteloso, calla aquellas bocas que están dispuestas a echarlo a perder todo.

—¿Quién más lo sabe aparte de Ronaldo?

—Sólo él y Fabiano… ya sabes, son los que más se preocupan por Juliana, claro, también lo sé yo…

—No creo que Ronaldo le diga algo, no está seguro de querer hacer sufrir a su prima y Fabiano… de ése no sé…

—Tampoco dirá nada, ama a Juliana, no soportará ser el causante de que ella se sienta mal…

—Y puedo confiar en ti, ¿no?

—Claro…

Octavio entró de nuevo al salón. Vio a Juliana sentada en una de las butacas, se acercó a ella luego de ir por la bolsa negra que había dejado en su asiento. La niña lo miró con dulzura, tomó una de las manos del chico y le dio un tierno beso. Octavio comenzó a sentir esas mariposas en el estómago, se arrodilló al lado de Juliana, enseguida sintió las miradas de sus compañeros sobre él, las de Fabiano y Ronaldo le taladraban la nuca.

—¿Qué haces? —preguntó la niña al notar el extraño comportamiento de Octavio.

—De veras perdóname por haber faltado a tu fiesta… —entonces el chico extrajo de la bolsa negra una bolsa de cumpleaños, era amarilla, decorada con globos dibujados en acuarela, en el centro había un enorme corazón que decía Te amo, Juliana sonrió ampliamente y emocionada abrazó al chico.

—¿Es para mí?

—Es tu regalo de cumpleaños…

Juliana tomó la bolsa, la observó unos instantes y luego la abrió con cuidado, dentro había un enorme elmo rojo de peluche, debajo de él había dulces y tarjetas, varias de ellas decían Te amo. Ese momento fue uno de los más felices para Juliana, Octavio se sintió feliz también sólo por observar el rostro de su novia… pero al voltear a los lados y notar las miradas molestas de Ronaldo, Fabiano y Joan se sintió realmente mal… Era un idiota…

…un verdadero idiota, la persona más idiota sobre el mundo entero…

—¡Idiota! —Octavio se levantó súbitamente, había gritado la palabra en su desordenada habitación. Era miércoles. Se llevó una mano a la cabeza y recordó de golpe el sueño que había tenido… sólo que reparó en que no había sido un sueño, aquel suceso había ocurrido tal cual años atrás… una molestia se anidó en su estómago. —Tal vez de verdad soy un idiota.

Pensando eso fue a bañarse. Cuando estuvo listo para salir reparó en el folder azul que le había dado Samuel. Toda su vida había sido un idiota, pero ahora sentía que era un idiota que pensaba, no iba a realizar cualquier cosa nada más porque sí. Él tenía un plan y lo llevaría a cabo. Tenía que demostrarle a Juliana que estaba dispuesto a reparar sus errores, que era una persona diferente, más madura, menos idiota… Amaba con toda su alma a Juliana… Él mismo no podía perdonarse lo que le había hecho… Había cambiado… Y se lo iba a demostrar.

Tomó su celular y marcó el número que indicaba la hoja que le había dado Samuel. Iban a ser las once de la mañana. Esperó paciente a que diera tono, luego esperó sin nervios a que le contestaran, una vez que oyó la voz del otro lado dijo sin más:

—Hola Juliana, ¿cómo estás? Soy yo, Octavio… No, no me cuelgues… La verdad es que… te extraño… ¿Quieres hablar conmigo?

martes, 17 de agosto de 2010

Conversación

Las bolas de billar colocadas de esa manera en la mesa, hacían que Xavier pensara con cautela cómo hacer su jugada. Él era un as para la inteligencia espacial, no le costaba mucho calcular ángulos, mucho menos hacer jugadas grandiosas en el billar… pero esa ocasión estaba especialmente estresado y eso le impedía lucirse al máximo. Luego de fallar una vez más se sentó con pesadez en uno de los sillones.

—¿Ya te das por vencido? —le preguntó Otto con sorpresa.

—No sé qué me pasa… estoy algo cansado…

—Bueno… —Otto se encogió de hombros y se fue a sentar al lado de Xavier. —Entonces cuéntame a qué debo tu visita.

Xavier suspiró, miró un segundo sus manos tratando de hallar en ellas la certeza de decir lo que pensaba, no encontró nada, entonces habló:

—Creo que algo le ocurre a Juliana.

—¿Algo? ¿Cómo algo?

—Está confundida…

—¿Ella? Xavier… no es por nada, pero Juliana toda su vida ha estado confundida…

—No respecto a mí… —Xavier dudó un momento en decir eso, ¿quién le garantizaba que años atrás Juliana no se hubiera visto con Octavio, aún andando con él?

—Espera… ¿Estás hablando de…? ¿Es posible?

Xavier asintió con la cabeza. Otto se puso de pie, caminó a la cocina y volvió con tazas de café.

—Es que todavía no lo creo… —se justificó por su repentina ausencia. —¿Quieres?

Xavier tomó una de las tazas y sin probar el líquido caliente continuó hablando:

—Pues créelo, imagínate, yo… no sé qué hacer…

—Supongo que ella no te ha dicho nada.

—Nada de nada.

—¿Y sospecha que sabes?

—Ni siquiera se ha dado cuenta de mi cambio de ánimo… anda tan sumergida en su mundo que... que... ¡Me desespera! ¿Qué debo hacer Otto? Tú la conoces mejor que yo, tú conoces toda su historia con ese patán… ¿Qué puedo hacer para… para… no perderla?

—¡Xavier! —respondió Otto con voz firme. —¡No la has perdido! Si la hubieras perdido, ¿tú crees que ella hubiera regresado contigo?

—Tal vez lo hizo porque se sentía presionada.

—Qué presionada ni qué ocho cuartos, ella te quiere… no, no te quiere, ¡Te ama! ¿Quién te asegura que Octavio volvió?

—León.

—Hmmm, entonces sí es cierto… pero, de todos modos… Juliana aún está algo tonta, ay esa amiguita mía…

Xavier esbozó una sonrisa y bebió del café.

—Me siento idiota… —dijo luego. —Mira que venir a verte para decirte estas cosas.

—Está bien, no te preocupes, te sentiste perdido, frustrado… ¿quién iba a entender mejor el asunto sino yo?

—Tal vez Juliana venga a verte. —advirtió Xavier.

—¿Ves? Y dices que yo la conozco mejor… ¿sabes qué es lo que pienso?

—¿Qué?

—Que conoces tan bien a Julicienta que por eso la amas más que antes, está tan conectada contigo, la extrañaste tanto ahora que se fue al extranjero, que por eso el miedo de perderla te aterra más que nunca… ¿no crees?

—Si la conociera no me preocuparía de nada, estaría seguro de que ha olvidado a Octavio…

—Pero es que sabemos que no lo ha olvidado…

Esa última frase hizo que una especie de coraje surgiera en el cuerpo de Xavier, de pronto se sintió tan molesto que hasta ganas le dieron de irse.

—Entonces tal vez la conozco tanto que sé que me va a dejar y por eso vengo como niño pequeño a pedirte ayuda…

Otto no respondió. Luego de unos minutos de beber café tranquilamente, el amigo de Juliana agregó:

—No te pongas así… verás que todo será como tiene que ser, no presiones nada, deja fluir todo… sucederá lo que tenga que suceder.

—No puedo estar con los brazos cruzados si ese sujeto intenta volver a verla.

—Entonces tal vez debamos entrar en acción.

—¿Cómo en acción? —el rayo de esperanza que surgió en el ambiente hizo que hasta el color de la piel de Xavier cambiara.

Otto sonrió malévolamente y dejando la taza de café en la mesita de centro comenzó a explicar una serie de ideas a Xavier. A cada palabra el chico sentía que aplicadas a la realidad definitivamente debían funcionar, que aquello podría poner en claro todo. Xavier comenzó a sentir aquella tranquilidad que añoraba, se imaginó a sí mismo llevando a cabo cada uno de los pasos…

—Pero recuerda —le dijo Otto. —Vas a hacer todo eso sólo si Octavio la busca, tal vez el tipo ya la dejó por la paz y tú preocupándote de más.

—No creo… pero está bien, sólo hasta que el sujeto dé señales de vida, mientras no. —Xavier se puso de pie para despedirse. —Entonces me voy, de veras gracias, ahora entiendo por qué Juliana siempre viene a pedirte consejo…

—Ni tanto. —sonrió Otto. —Soy yo el que le pide consejos a ella, lástima que no podemos consultarla para esta situación, nos daría algo más efectivo y fácil de hacer.

—Creo que lo que tú dijiste es más que suficiente, si eso no funciona prometo que dejaré a Juliana sin arrepentirme.

—Espero entonces que funcione, me agradas más tú que Octavio.

—Gracias Otto, nos vemos luego. —Xavier salió de la casa y luego agregó con rapidez: —No se te vaya a olvidar que tal vez Juliana venga a verte, no le digas que vine, ni le digas que ya sé lo de Octavio…

—No te preocupes, no sabrá nada… si viene eso quiere decir que nuestro plan entrará en marcha…

—Exacto.

—Bueno, entonces yo te llamaré si eso sucede, pero mientras relájate.

—Sí, ya me voy.

Xavier abordó su automóvil y se perdió en las calles oscuras de Uzmati. Una extraña emoción le recorría el cuerpo, pensaba en Juliana, en lo triste que ella había estado y luego se le vino a la cabeza aquella melodía tocada en el piano… Sacudió su cabeza con fuerza, respiró hondo y siguió manejando. Pronto llegó a su casa, estacionó el auto y bajó. Su hermano veía la televisión y sus padres dormían ya, él caminó directo a su habitación.

Cayó rendido en la cama, la plática con Otto le daba vueltas en la cabeza, oía cada idea, sentía que realizaba cada parte del plan y creyendo que ya todo estaba resuelto permitió que el sueño se adueñara de él. Sólo así pudo dormir con la tranquilidad que no había tenido en los días anteriores.

martes, 10 de agosto de 2010

Peor

—Tienes que tranquilizarte Octa, ¿por qué llorabas? ¿Por Juliana? ¡No mames, güey!

—¡No estoy llorando! ¡Deja de fregarme!

Samuel no dijo nada más, molesto caminó hacia la salida de la escuela, sus pisadas fuertes hacían que el agua estancada salpicara todo su alrededor.

—¡Ya cálmate! —le gritó Octavio, luego se acordó de que no llevaba dinero para regresarse en autobús, su plan era pedir aventón a Samuel, así que comiéndose su orgullo fue a alcanzarlo. —Ya, en serio… —le dijo cuando estuvo lo suficientemente cerca de él. —No estaba llorando, es sólo que no sé… mis ojos se deslumbraron por la luz…

—Te acabo de entregar toda la maldita información que me pediste, todo con la esperanza de que abras los ojos, amigo, en serio, Juliana no se decidirá por ti. —Samuel había hablado con tal sinceridad que sus palabras llegaron como puño violento al estómago de Octavio.

—De acuerdo… —comenzó diciendo el chico sopesando el asunto. —Déjame intentarlo, ¿sí? Si ella se decide por Xavier yo la dejo, te lo prometo, haré hasta lo imposible para olvidarla…

—Bien. —respondió Samuel y luego agregó: —Pues vámonos, ya revisé lo que tenía que ver.

Ambos chicos caminaron en silencio sobre el asfalto mojado y luego de llegar al automóvil enfilaron de regreso a sus casas…

…la tarde lucía tranquila, aquella frase que dice “Después de la tormenta llega la calma” quedaba más que perfecta para el panorama. El cielo despejado y la noche comenzando a caer lograban sacar suspiros de las personas que miraban el atardecer…

—¿Por qué suspiras? —preguntó Juliana a Xavier mientras regresaban a casa.

—No lo sé… por ti, supongo.

—¿Supones?

—Bueno, sí es por ti. —rectificó Xavier sonriendo tiernamente a su novia. —¿Ya te voy a dejar o quieres pasar a otro lado?

—No amor, gracias, estoy algo cansada… prefiero ir a mi casa.

—¿No quieres que pasemos a casa de Otto?

—No, luego lo veo yo.

—Bueno…

Xavier siguió conduciendo, toda la preocupación que se había estancado en su garganta se había diluido con la melodía de piano y ahora se anidaba en el estómago. Aparte, sentía cómo le subía una especie de tristeza que no podía controlar. Estaba tranquilo por fuera, pero intranquilo por dentro, quería hablar fuerte con Juliana, hacer un drama, hacerse el deprimido y lograr que ella se sintiera como él se sentía… pero eso era precisamente lo que lo tenía así… Juliana lucía tan desolada, quizás más que él. Y ¿por qué? ¿Todo sólo por Octavio? Aquel pensamiento lo hizo enfurecerse.

Pronto llegaron a casa de ella. La chica bajó del automóvil luego de dar un beso algo frío a Xavier y se perdió detrás de la puerta. El chico esperó unos minutos fuera, algo le removía en su interior y luchaba con todo su ser para lograr tomar una decisión. Vio su celular, luego volteó de reojo a la ventana del cuarto de Juliana y entonces, tal vez sin pensarlo mucho, marcó varios números en el teléfono.

—¿Sí?

—¡Hola Otto! ¿Cómo estás?

¿Xavier? Bien, bien ¿Y tú?

—Igual.

¿Qué pasó? No sueles llamarme para cualquier cosa… ¿pasa algo con Julicienta?

—Este… tal vez…

Si quieres ven ahorita a mi casa, estoy solo y puedo invitarte una partida de billar.

—¿En serio? ¡Vaya! Sí compraste la mesa…

Sí… me endeudé por varios meses, pero vale la pena, entonces ¿vienes?

—Voy para allá.

Nos vemos.

Xavier colgó. Aún sin decidirse por completo enfiló hacia la casa de Otto. Repasó en la cabeza aquellas cosas que, tan sólo unos momentos antes, parecían ser los mejores argumentos para estar contra Juliana… pero ahora que los repetía una y otra vez sentía que eran mera paranoia… ¿Y él paranoico? Eso daba risa. Xavier era, o solía ser, la persona menos paranoica que podía existir.

En cuanto el carro de Xavier se perdió en la distancia Juliana pudo por fin meditar tranquilamente, había observado a su chico hablar por teléfono, sólo que no sabía con quién y por cómo iban las cosas supuso que se había quedado de ver con Magaly. Eso la hizo sentirse más triste de lo que ya estaba y se recostó en la cama tratando de alejar ese pensamiento de su cabeza. Pensaba en Xavier, en cómo parecía que todo se había vuelto frío… ¿Dónde habían quedado aquellos días en que todo era felicidad junto a él?

De pronto sintió que ella era la peor persona del mundo… ella al pensar esas cosas, al desvalorar a su novio, al sentirse de aquella manera, al no poder olvidar el pasado y sentir en el cuerpo cómo se desgranaban las escenas de su pasado una y otra… y otra vez. Ella era, definitivamente, la peor persona del mundo. Colocó una almohada sobre su cabeza, quería dejar de oír el inmenso silencio que se esparcía en la habitación…. y por primera vez… sintió que extrañaba París…

El domingo llegaba a su fin. No había sabido nada de Octavio… quizás él por fin había comprendido que ella no estaba capacitada para afrontar una decisión como ésa, quizás por fin se había alejado. El pensar eso le proporcionó tal tranquilidad que le dieron ganas de llorar… poco a poco fue descubriendo que no era eso… era más tristeza, sumada a la tristeza que ya traía. Y con dos tristezas encima del cuerpo las lágrimas cayeron abundantes sobre las mejillas. Música. Música por favor.

Se paró de inmediato y encendió la radio. Y… tal vez por casualidad, tal vez por destino… la canción que comenzó a sonar la hizo entrar en un estado de shock. Era aquella canción, la que se oyó el día del concierto cuando ella estaba con Xavier tomada de la mano, bajo la lluvia… Aquella canción que la hizo recordar brutalmente a la persona que tan sólo unos momentos antes la había ido a dejar… Juliana corrió a la ventana, con la esperanza de ver el automóvil de Xavier, pero no había nada…

…sólo estaba ese paisaje frío y tranquilo, las notas lo inundaban todo, la gente alzaba las manos, brincaba, gritaba, ella se dejó llevar por el ritmo frágil de la canción…

…y entonces Xavier acercó sus labios al oído de Juliana y le dijo en voz alta:

—Escúchala, yo te la dedico.

Juliana apretó la mano de Xavier con la suya y dejó envolverse por la letra, cada frase le llegaba a un lugar especial en el corazón, a ese sitio donde ella creyó alguna vez que ya nada iba a poder llegar. La emoción la llenó por completo. Se sentía terriblemente emocionada, sabía perfectamente que con esa euforia dentro de sí podría hasta besar a Xavier. Pero se contuvo. El grupo siguió tocando la canción… cuando ésta acabó Xavier abrazó a Juliana.

—¿Te gustó? —preguntó el chico con el rostro contento y nervioso.

—Me encantó.

Entonces su mirada fue tan directa y dulce que Ronaldo y Mariana, los amigos que estaban con ellos, comenzaron a burlarse.

—Tontos. —murmuró Juliana al mismo tiempo que la canción llegaba a su fin y dejaba el silencio tras de sí. Apagó la radio y se acostó en la cama tarareando aún, reviviendo al máximo ese primer abrazo con Xavier. —Ya no me importa lo que hayas vivido, lo que tú me pidas yo te lo daré…

Sólo así, Juliana pudo sentirse mejor.

martes, 3 de agosto de 2010

Melodía

Octavio soplaba a su taza de café cuando la puerta del local se abrió estrepitosamente, entró un chico, traía su suéter sobre la cabeza usándolo como paraguas, la lluvia caía tupidamente en el exterior. Una vez dentro el chico exprimió la prenda sobre una de las macetas, ya nadie lo miraba, excepto Octavio. Pronto sus miradas se encontraron y ambos sonrieron. El sujeto se dirigió a la mesa donde estaba su amigo, se sentó.

—Parece que esta lluvia no moja, pero mira cómo he quedado. —inició Samuel mostrando a Octavio lo húmedos que estaban sus zapatos y sus pantalones.

—Pensé que te ibas a venir en tu auto. —dijo Octavio invitando a sentarse a su amigo, el chico se sentó y pidió un café.

—Y lo hice, pero algunas coladeras están tapadas y con esta lluvia imagínate cómo está, lo dejé dos cuadras atrás.

Octavio sonrió y bebió de la taza de café, estaban sentados a un lado de la ventana, veía cómo la lluvia se hacía más espesa y violenta, se sentía afortunado de estar protegido por lo caluroso del lugar.

—Bien, ¿trajiste eso? —preguntó entonces a Samuel. Éste lo miró risueñamente y sacó un folder de su camisa.

—Mira cómo te pones… hasta das ternurita. —se burló Samuel agarrando una de las mejillas de Octavio y apretándola como sólo las tías y las abuelas lo hacen.

—Cálmate. —advirtió Octavio quitando la mano de Samuel y tomando enseguida el folder. —¿Conseguiste todo?

—Todo, hoy en la mañana le hablé a Xavier y me dio todo sin cuestionar, creo que andaba… ejem… ocupado…

Octavio no advirtió el tono de malicia con que su amigo se había expresado. Estaba leyendo la hoja que estaba frente a él, ahí estaban los teléfonos de Juliana, sus horarios y la dirección en Coyoacán.

—Perdón, ¿decías algo? —dijo entonces a Samuel cuando terminó de revisar.

—Nada. —respondió el chico dándose cuenta de que tal vez no era buena idea hacer referencia a eso.

—Bien, entonces pronto podré ejecutar el siguiente paso de mi plan. —resolvió Octavio con el rostro iluminado y tomó la taza de café dirigiéndola a su boca.

—Suenas a Cerebro tratando de conquistar al mundo. —se burló Samuel.

Octavio sonrió. Ambos chicos terminaron de beber su café y luego, aún sin que dejara de llover, salieron hacia los laboratorios. Corrieron con hules sobre sus cabezas, se los habían regalado en la cafetería, pero aún así llegaron algo empapados a los salones.

Samuel entró a uno de los cubículos y Octavio lo esperó afuera, resguardado bajo el techo de un pasillo, se sentó en una de las banquetas mientras disfrutaba el sonido de la lluvia, de nuevo volvió a sentirse familiarizado con el ambiente…

…creía que la lluvia era algo genial y que era aún más genial si…

Juliana apareció detrás del Octavio de doce años. Su voz suave y clara acompañó el sonido de la lluvia:

—¿Octavio? ¿Qué haces aquí?

—Vine a verte. —contestó el niño con una sonrisa.

Juliana sonrió y él le dio un abrazo. Después de todo había valido la pena ir a casa de Ana y preguntarle sobre la hora de la clase de piano, ya tenía entre sus brazos a Juliana. Ambos veían caer la lluvia, estaban debajo del portal de la Casa de Cultura.

—Tengo que entrar. —dijo Juliana viendo cómo su profesor entraba al aula, se separó de Octavio.

—¿Puedo acompañarte?

—Claro.

Sin tomarse de la mano los chicos entraron al aula. Era un salón amplio que lucía gris, cuando no llovía los rayos del sol iluminaban por completo el lugar, haciéndolo parecer más apacible. En el centro estaba un piano de cola…

…lucía realmente elegante, negro, alrededor no había nada más, sólo en el fondo estaban las sillas para los espectadores, pero en el centro todo el escenario le pertenecía a quien tocaba el piano…

—Siéntate ahí. —pidió Juliana a Xavier.

El chico tomó asiento en una de las sillas, nadie más había en aquella aula, la lluvia golpeteaba tenuemente los cristales de las ventanas, el sitio lucía ciertamente melancólico, Xavier vio entonces que todo el ambiente combinaba con la tristeza de Juliana, una tristeza que no podía descifrar y que lo frustraba por completo.

—¿Qué pieza quieres que interprete? —interrumpió Juliana dejando sonar su voz en lo amplio del aula.

—No sé amor, sabes que no conozco música clásica. —dijo Xavier sintiéndose un tanto ignorante.

—Entonces tocaré La dispute.

Juliana abrió el piano de cola, se sentó como toda una profesional en el banco y dejó que sus dedos cayeran en el teclado. Ella sentía como las yemas de sus dedos se deslizaban con cierta nostalgia sobre las teclas, era como si todo fuese un reconocimiento, teclas y dedos volvían a saludarse, a mezclarse, a ser uno…

…comenzó a oírse una melodía suave y solitaria, las notas viajaban en el ambiente y retumbaban en las paredes y en los cristales. De un lado las gotas repiqueteaban en las ventanas, del otro eran acariciadas por la melodía que emanaba del piano. Esa pieza musical hacía que se estremeciera todo, era un canto, un canto que removía algo en el interior, las notas daban en el punto exacto en donde los sucesos dolían, provocaban ganas de llorar…

Octavio se llevó una mano al pecho, siendo un niño de doce años no entendía eso que provocaba la pieza interpretada por Juliana, pero notaba cómo algo en su pecho se despertaba. Veía atento a Juliana, sin despegarle la vista, notaba con claridad cómo sus dedos pasaban por las teclas, tenuemente, casi amorosamente. Se fijó en el rostro de la niña, lucía perdida, como mezclada con la melodía, sus ojos parecían percibir las notas en el ambiente…

…a veces cerraba los ojos, contagiada por la melodía, si la pieza se comenzaba a tornar un poco violenta, ella manifestaba en su rostro el dolor que causaban las notas fuertes a las suaves, luego todo volvía a la calma, la melodía volvía a ser blanda y los gestos de Juliana se dulcificaban también…

Xavier sintió miedo. Veía a Juliana tan conectada con la melodía que se dio cuenta que nunca en toda su vida la había visto de esa manera. Lucía tan triste, el día era tan triste y la melodía emanada no se salvaba tampoco de la tristeza que Xavier comenzó a sentir cómo la soledad lo invadía y le sacaba la tristeza del pecho. Pero primero tenía miedo. Miedo porque sabía que Juliana recordaba esa pieza tocada años atrás, y en esos años él aún no existía, miedo porque no quería perderla, quería que siempre estuviera con él, para apreciar su figura recortada en esa aula tan gris y fría… que se volvía cálida con el movimiento de Juliana sobre las teclas… notó cómo las ganas de llorar le subían por la garganta…

…sólo que él no era ningún llorón, apretó fuerte los puños y desvió la mirada nuevamente hacia la ventana, las gotas parecían acomodarse a la tonada del piano, ya no era tupida la lluvia y ahora se esparcía con un aire húmedo y suave, las notas del piano también cesaban, la melodía iba callando poco a poco, volvía a oírse la lluvia, pero esta vez tan escasa que sonaba como el final perfecto para la melodía interpretada…

Octavio se levantó súbitamente cuando la melodía cesó. Juliana le sonrió y se acercó a él, éste le dio un abrazo. Luego el profesor llamó a Juliana y él volvió a sentarse en la silla del salón, estaba completamente enamorado.

—¿No piensas entrar? —preguntó la voz grave de Samuel sacando como con un gancho de aquellos pensamientos a Octavio que lucía afectado. Él se levantó lentamente y cuando pasó la mano por su rostro se percató de que algunas lágrimas habían escapado…

Las Flores de Café Tacvba

Canción de Café Tacvba que suena en la fiesta sorpresa que Xavier le hace a Juliana.

 

Letra:

Ven y dime todas esas cosas,
invítame a sentarme junto a ti,
escucharé todos tus sueños en mi oído. 
Y déjame estrechar tus manos
y regalarte unas pocas ilusiones,
¡Ay ven! y cuéntame una historia que me haga sentir bien.
Yo te escucharé
con todo el silencio del planeta
y miraré tus ojos
como si fueran los últimos de este país.

¡Ay! Déjame ver cómo es que floreces
con cinco pétalos te absorberé, 
cinco sentidos que te roban sólo un poco de tu ser
y seis veces para vivirte
debajo de una misma luna
y otras nueve pasarán para sentir que nuevas flores nacerán. 
Y que cada estrella fuese una flor
y así regalarte
todo un racimo de estrellas.

No dejes que amanezca,
no dejes que la noche caiga,
no dejes que el sol salga,
sólo déjame estar junto a ti.

Ay lalalala
Cuando estoy en mis excesos
contigo en grande emoción
quisiera con embelesos
arrancarte el corazón,
arrancarte el corazón
y comérmelo a besos

Ay lalalala
Yo te juro y te prometo
como siempre te he querido
que si tu amor es completo
cúmpleme lo prometido,
yo no quiero que otro prieto
quiera lo que yo he querido.

Ay lalalala
Mariquita quita quita
Quítame dolor y pena
Debajo de tu rebozo
Se pasa una noche buena
Buena es la buena memoria
Memoria del que se acuerda
Se acuerda de San Francisco
San Francisco no es Esteban
Esteban no es ningún santo
Santo es aquel que le rezan
Rezan los padres maitines
Los maitines no son completos
Completas serán las mañas
Las mañas de un hechicero
Hechicero es el que urde
Urde la mujer su tela
Tela la del buen cedazo
Cedazo de harina y cuerda
Cuerda la de los cochinos
Los cochinos tragan hierba
De la hierba nace el trigo
Del trigo es el que se siembra
Se siembra porque es costumbre
Dijo un viejito al pasar
Y lo echarán a la lumbre
Porque no supo trovar
Y lo echarán a la lumbre
Porque no supo trovar.

Puedes descargarla haciendo click

AQUÍ