martes, 22 de junio de 2010

Misterioso

Él era un sueño, nada más. Hablar de él implica que todos los que leen esto pongan en tela de juicio sus creencias sobre las profecías y el destino. Yo no podré saber nunca si él fue una profecía, si él estaba en mi destino… pero me alegro, me alegro de verdad por haberlo conocido. Cuando pienso en él inevitablemente una sonrisa aparece en mi rostro, él, el chico misterioso al que nunca creí conocer se convirtió de repente y sin pensarlo en la persona más importante de mi vida. Xavier. Hablo de Xavier.

Hay varios momentos cruciales de cómo fue que conocí a Xavier. Él piensa que sólo es uno. Piensa que el día en que nos vimos en casa de Malena fue hecho por las casualidades, pero yo sé toda la verdad y ésa es la siguiente:

Yo tenía 15 años. Iba en tercero de la secundaria. Ese día la triste realidad cayó a mis pies. Lo improbable se volvió probable y lo que jamás creí que sucedería una vez más, volvió a suceder: Octavio me traicionó por enésima ocasión. Las lágrimas caían gruesas por mi rostro mientras regresaba a casa corriendo. No quería saber nada de nadie. Quería llorar hasta que las lágrimas se acabaran.

Corría tanto que apenas lograba ver bien el piso con mis ojos hinchados. Corría sin pensar. Y claro, me tuve que caer. El contacto de mi cuerpo con el suelo me hizo darme cuenta que el dolor físico no es tan cruel como el dolor del corazón. Por un momento el llanto se interrumpió, me quedé pensando, así, tirada, sobre cómo era que había distintos tipos de dolores y sobre cómo era yo más capaz de llorar por la herida que provocaban las palabras, que por la que provocaba una caída.

Entonces oí que una puerta se abría. Me había caído en frente de la casa del niño misterioso. Xavier. Ya lo había ubicado desde antes. A veces lo veía caminar con ese aire desgarbado y taciturno. Me gustaba, pero jamás le había hablado. Me dio pavor que el que saliera fuera él y me viera en tan deplorable estado que me levanté de inmediato y comencé a caminar. Sí, era él el que había salido de la casa. Llevaba audífonos, playera oscura, pantalones de mezclilla y tenis. Ni siquiera notó mi presencia. Casi nunca lo veía, por eso creía que el verlo era signo de buena suerte. ¿Buena suerte?, me reproché, mírate, estás tan desdichada…

Al llegar a mi casa me deshice de nuevo en el llanto. Era horrible. Sólo quería dejar de pensar en lo que había sucedido. Mis amigos se habían preocupado, los había dejado parados en una fiesta sin decirles nada, y sólo huí llorando, así como las princesas traicionadas. Entonces quise ver el lado positivo de las cosas y descubrí que ése era el haber visto a Xavier. Volví a sonreír. Me pregunté cómo era posible que yo sonriera por alguien a quien no conocía ni pensaba conocer, cómo era posible eso si toda mi vida estaba destrozada por la culpa de Octavio.

Con esos pensamientos el sueño fue tomándome poco a poco. Y soñé con Xavier. Algo que realmente no esperaba. Estábamos los dos sobre un camino largo… largo… Nos conocíamos. Nos saludábamos. Nos tomábamos de la mano. Yo, en el sueño, sentía quererlo. Además teníamos poderes mágicos. Ambos podíamos volar. Volábamos lejos, defendiéndonos de los malvados. Me sentía tan feliz dentro del sueño. Estaba con él. Y ni siquiera lo conocía…

El sueño dio pauta a que después de ese día yo quisiera encontrarme con Xavier. Algo pasará un día, escribí en mi Diario, no sé cómo, pero un día lo voy a conocer. Sin embargo, ese momento no llegó enseguida. Me lo seguí encontrando por casualidad, pero nunca me atreví a hablarle. ¿Por qué no? Pues porque soy tremendamente indecisa. Cuando me decidía a decirle por fin un Hola, él o se bajaba de la combi, o daba vuelta a la esquina, o entraba a su casa. Nunca se dio cuenta de mi existencia.

Incluso un día Aaron me lo quiso presentar. Ambos lo habíamos visto fuera de su casa. Aaron me dijo que él lo conocía, que se iban juntos en el camión, que sabía que se llamaba Xavier y todas esas cosas, pero yo no quise. Me daba mucha pena. Cuando por fin Aaron me convenció de que realmente yo no perdía nada, decidí ir, pero Xavier ya había entrado a su casa. Es definitivo, pensé, siempre pasa algo cuando quiero hablarle, lo mejor es dejar todo por la paz.

Y así fue. Dejé de contar las veces en que lo veía. Dejé de esperar verlo. Claro, eso no quiere decir que cuando lo encontraba no le daba importancia, al contrario, me emocionaba mucho. Por eso he dicho a todos que Xavier era un sueño, un amor platónico, algo imposible. Todo eso sin que él supiera de mi existencia.

Mi vida cambió por completo. Ya tenía 17 años. Otras cosas acontecían a mi persona. Un día en que regresaba de la escuela me encontré a Xavier en la combi. Mis sentidos se alteraron. No me lo encontraba seguido, de hecho esa era una de las cosas que más me llamaba la atención, siempre que lo veía parecía un ser extraño, como vampiro, su rostro pálido, su afición al negro, sus audífonos inundándolo de música pesada, seguía siendo… misterioso. Todo el trayecto de la combi yo estuve sumamente nerviosa. Él ni cuenta se dio de que yo iba a bordo. Se bajó sin siquiera mirarme.

—Pero, ¿por qué te gusta? —me preguntó un día Malena quien iba conmigo al bachillerato. —Él fue mi compañero en la secundaria y puedo asegurarte que así como luce así se comporta.

—¿A qué te refieres?

—Digo que él es… raro… es muy callado y, claro, muy inteligente, pero no sé Juliana, siento que no es tu estilo.

—¿Mi estilo? ¿Cómo sabes cuál es mi estilo? —pregunté segura de haber tenido la misma charla años atrás.

—No lo sé… ¿De verdad te gusta mucho? —respondió Malena un poco intimidada.

—Pues así que digas qué bruto, muero si no está él, pues obvio no, es sólo que me parece interesante.

Efectivamente, Xavier no me quitaba el sueño. De hecho sólo hablaba de él cuando me lo llegaba a encontrar. Si no lo veía yo podía seguir tranquilamente con mi vida. Aunque si alguien me preguntaba si yo tenía amores platónicos mi respuesta siempre era afirmativa.

Pasó un año más. Me fui a vivir con Malena y Damián a Coyoacán. Estaba muy emocionada por los acontecimientos que venían a mi vida: nueva casa, la ciudad, nueva escuela, nuevos compañeros, nuevos proyectos. Pero alguien se encargaba de cortar todas mis ilusiones, él era Fabiano. Sé que es la primera vez que menciono a Fabiano, él había sido mi amigo en la secundaria. Y aún cuando salimos de ella seguimos manteniendo una amistad hasta que decidimos convertirla en algo más.

Pero Fabiano vivía lleno de reproches. Pensaba que yo seguía pensando en Octavio, siempre se comparaba con él, y cuando me fui a vivir a Coyoacán Fabiano explotó y me dijo que yo lo había traicionado. Sabía perfectamente que esa era una actitud completamente infantil y no pensaba soportarla, así que terminé con él. Eso me dolió en el alma. Me dolió porque Fabiano realmente era una persona muy importante para mí. Un amigo de verdad. Había estado conmigo los últimos cinco años de mi vida. Me dolió porque quedaba demostrado una vez más que, desde Octavio, yo no era capaz de mantener una relación. Ese día Malena y Damián me consolaron.

—Tranquila Juliana —me decían. —Un día llegará el indicado…

Yo había terminado con Fabiano a mediados de agosto. A mediados de septiembre, cuando aún la tristeza ensombrecía mi rostro, Malena y yo nos desvelamos platicando acerca de mi vida, Male estaba preocupada por mí porque ya casi no sonreía… entonces soltó con cierta picardía:

—Adivina a quién vi el día de la independencia.

—Hmm, no tengo ni idea, dime. —dije sin mucha emoción.

—A Xavier.

—¿A Xavier? ¿Quién Xavier? Espera… ¿Xavier? —mi mente se remontó a esos días en que me encontraba con el chico misterioso, al día en que soñé con él y sin querer dije en automático: —Tienes que invitarlo a tu cumpleaños.

—¡Claro! —respondió Malena, pero sonó a que me daba el avión.

—En serio Male, tienes que invitarlo…

—Sí —dijo y yo ya no supe si me decía la verdad.

Así que no me preocupé. Le resté importancia. Ya antes había querido conocer al chico misterioso y no se había podido. ¿Por qué habría de poderse ahora? Exacto. ¿Por qué habría de poderse? Esa noche dormí tranquila y no soñé con nadie ni con nada. El sábado, cumpleaños de Malena, llegó pronto. Yo ya había olvidado toda petición a ella. Fui a mi clase de francés. Regresé exhausta. Toqué el timbre de la casa de Male, ella me abrió la puerta con una enorme sonrisa.

—Ahí está Xavier.

Y vi, llena de ilusión, que sentado en la sala estaba el chico misterioso. Con playera oscura, pantalones de mezclilla y su aire desgarbado y taciturno. Ese día, por fin, conocí a Xavier.

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