viernes, 23 de julio de 2010

Recuerdo

Eran las cuatro de la tarde, Octavio se asomó a la ventana y observó que el cielo, antes claro, estaba tupido por nubes negras y a punto de romper en lluvia. Hizo una mueca de desagrado, cerró la cortina y se dirigió al armario. Sacó un suéter verde y luego se fue a la cocina:

—Me voy a la escuela, no tardo.

—Se me olvida que los domingos vas a esas cosas de laboratorio… —exclamó su madre con cierta preocupación. —¿Ya llevas suéter? Parece que va a llover feo…

—No te preocupes ma’, no me tardo, tal vez Samuel me traerá en su auto así que… no me mojaré.

La madre esbozó una sonrisa y Octavio salió de su casa. Enfiló hacia la calle próxima, caminaba despacio e incluso con cierta alegría, no podía creer que él mismo estuviera llevando a cabo un plan tan absurdo. Movió la cabeza tratando de cambiar la palabra absurdo por otra que sonara menos tonta, pero no la halló. Pronto tomó el transporte y se dirigió a la escuela.

Mientras el autobús recorría la carretera llena de baches con una velocidad sorprendente, Octavio, tratando de no agitarse tanto ante el movimiento del vehículo, miraba por la ventana. Aún no llovía. Las casas pasaban frente a él rápidamente, iluminadas por los tonos oscuros del panorama, era un ambiente gris y hasta triste, pero Octavio sintió un jaloneo al pasado, como si antes ya hubiera pensado que aquello era gris y triste… pero que en realidad era cálido y agradable.

Por un momento cerró los ojos tratando de revivir por completo el recuerdo que le hacía sentirse extrañamente emocionado, notaba cómo en su mente las ráfagas de pensamientos le golpeaban las paredes cerebrales y sintió mareo. Abrió los ojos, el autobús se movía imparable ante el horroroso camino.

—Maldita carretera. —murmuró con molestia.

Nuevamente cerró los ojos, no sin antes tratar de acomodarse bien en el asiento, la carretera casi destruida estaba a punto de terminar y le esperaba una media hora de recorrido sobre una autopista bien construida y sin rastro de baches, podría entonces dedicarse por completo a recordar.

Ahí estaba él, de doce años, tocando la puerta de la casa de Ana. Minutos después la niña de mirada melancólica abrió y se quedó sorprendida al ver frente a ella a Octavio.

—¿Ocurre algo? —preguntó la chica con su voz inconfundible, una mezcla de canturreo serio, pero con tonos vivos.

—Caty me dijo que la clase de piano de Juliana empezaba a las dos de la tarde y es mentira… fui a la Casa de Cultura y no había nadie… —se quejó Octavio recargándose en la pared.

Ana sonrió, luego mirando a Octavio hizo una pregunta harto obvia:

—¿Quieres ver a Juliana?

—¡Por supuesto! —exclamó Octavio. —Pero ahora resulta que no sé a qué hora es su clase, sé que tiene clase hoy, pero no tengo ni idea de su horario…

—Y ¿por qué no le preguntaste a ella? —preguntó Ana con cierta incredulidad.

—Porque quería darle una sorpresa… anda Ana, tú debes saber… ¿a qué hora es su clase?

—¿Yo? Pero yo… —Ana se quería desligar del asunto, sabía bien la hora del curso de Juliana porque alguna vez había conversado con ella, pero no quería ayudar a Octavio o si no Caty le retiraría la palabra… perder la amistad de Caty era perder casi todo… —Yo no sé a qué hora es.

Octavio se sentó triste en el suelo… vio hacia arriba, el cielo, azul antes, comenzaba a llenarse de nubes.

—¿Qué haré? Deseaba tanto poder ir a ver a Juliana y ver cómo toca el piano…

Ana se quedó parada, luego emitiendo un suspiro dijo:

—Bien, te diré, pero por favor no le digas a Caty que yo te ayudé… la clase de Juliana empieza a las cinco…

—¡Gracias Ana! —exclamó Octavio con alegría dando un abrazo sorpresivo a la chica, ella también sonrió: —¿Qué hora es? Son casi las cuatro… voy de una vez, igual y la veo antes de que entre.

El Octavio de doce años caminó con una enorme sonrisa en su rostro decidido a encontrarse con su novia Juliana, lo acompañaba el cielo gris, tal vez llovería pero eso no le importaba…

El vehículo frenó de repente…

—¡Estúpido! ¡No te metas! —injurió el chofer tocando frenéticamente el claxon a un automóvil que iba delante de él. —¡Fíjate idiota!

Las palabras sobresaltaron a los pasajeros, en especial al Octavio de veinte años que sintió estremecerse por completo, una vez que el susto pasó se sintió molesto con el hombre gordo y grosero que conducía el autobús. Miró una vez más por la ventana…

…aún no llovía, parecía que las nubes esperaban algo, no dejaban caer toda el agua, había un panorama gris y triste…

Juliana cerró la cortina de su habitación y acercándose a Xavier le dijo:

—Bien, ya acabé de escombrar esto, ¿me vas a llevar a algún lado?

—¿A dónde quieres ir?

—Hmm, tal vez sea bueno ir a casa de Otto…

—¿Otto? ¿Y a qué? —preguntó Xavier sorprendido, Otto era el mejor amigo de Juliana y de hecho se llevaba bien con él, pero siempre que Juliana iba a verlo era para contarle cosas relacionadas con… Octavio…

—Pues nada más, tengo ganas de tocar el piano… y él tiene uno… —declaró Juliana sentándose en una de las sillas rojas que tenía en su habitación.

—¿Por qué de pronto te dieron ganas de tocar el piano?

—Me gusta tocar el piano cuando llueve…

—Pero si no está lloviendo…

—Pero cuando lleguemos a casa de Otto las gotas caerán estrepitosamente que acompañarán con su melodía mis notas en el piano…

Xavier sonrió. Vio cómo el rostro de Juliana parecía una melodía, su boca las notas suaves, y sus ojos las notas vivas, las que le daban color a la pieza.

—¿Qué? —preguntó ella percatándose de la mirada de Xavier.

—Nada, si quieres vamos a casa de Otto… —resolvió Xavier levantándose de su asiento, tomó la chaqueta y abrió la puerta del cuarto de Juliana. Ella lo miró complacida, se acercó y le dio un cálido beso en los labios. Salieron a la calle. El día estaba frío…

…gris, casi sin sentido, el aire soplaba en la nuca y se sentía estremecer todo el cuerpo, pero la lluvia aguantaba, parecía esperar que todas las personas estuvieran en las calles para que pudiera mojarlas por completo…

Octavio caminaba ya hacia la escuela, había alejado con trabajos aquel recuerdo en que, con doce años, caminaba también bajo un panorama frío y gris. Esta vez iba hacia la universidad, aquella ocasión se dirigía hacia la Casa de Cultura, en donde Juliana tomaba clases de piano. Buscó con la mirada algún rastro de Samuel, pero no vio nada, así que se metió a la cafetería escolar, atento con la mirada en la puerta de entrada por si su amigo llegaba. Justo cuando cruzó la puerta de la cafetería…

…un relámpago iluminó el cielo y menos de diez segundos después el trueno estremeció el ambiente…

Juliana se tapó los oídos, sólo sus ojos pudieron observar cómo las nubes parecían ser enormes monstruos a punto de romper en llanto cuando la luz del relámpago las atravesó.

—Lloverá feo. —dijo Xavier conduciendo con precaución. —No sabía que te daban miedo los truenos… —agregó mirando cómo su novia apretaba los dedos contra sus oídos.

—No me dan miedo… —expresó Juliana poniendo las manos en su regazo luego de que el estruendo hubiera pasado. —Es sólo que… me trae muchos recuerdos…

1 comentarios:

Soledad dijo...

PZ soy nueva aki... m avente ahorita toda la novela, m agrado bastante!! vamos a seguir pasando por aki a ver la continuación...

t kuidas!!